En estas fechas tan especiales, la pregunta que me surge es ¿Por qué hemos olvidado el verdadero Espíritu de la Navidad?. ¿sabemos realmente cuál es o cuál era?
Miro a mi alrededor y me veo bombardeada por anuncios que me invitan, casi me fuerzan, a comprar el mejor televisor HD, el último adelanto en telefonía móvil, el coche más seguro nunca antes inventado, la crema que promete hacer eterna la juventud, el perfume que garantiza el amor eterno, el juguete sin el cual los niños no podrán crecer felices, etc, etc., No obstante, estos "vendedores" me dan la oportunidad de salvar mi alma y redimirme, porque todo eso que puedo y debo comprar no es para mí, es "para regalar a aquellos que amo, en estas Navidades".
Porque la Navidad se ha convertido sólo en eso, las mejores fechas para los comercios, el momento de mayor facturación del año y, no digo que querer tener buenas ventas esté mal, digo solamente que hemos "comprado" la idea de que es lo único que importa en Navidad: Comprar!
Crecí escuchando la frase "Navidad es compartir", pero la hemos entendido como "Navidad es comprar regalos", y entonces si no podemos comprar nos sentimos frustrados, infelices, incapaces de mostrar nuestro amor a aquellos a los que no podemos comprar nada. Si no podemos comprarles cosas entonces qué? cómo demostramos nuestro amor?
Peor aún, hemos enseñado a nuestros hijos que Navidad es recibir regalos, muchos regalos, más de los que son capaces de valorar y entonces, es lo único que esperan, es lo único que saben sobre la Navidad. Que llegará Papá Noel, Santa, los Tres Reyes, o como queramos llamarlos y que nos dejarán el árbol lleno de regalos, regalos además previamente elegidos, ni siquiera existe ya el factor sorpresa, hay que poner bajo el árbol aquello que han pedido previamente; por supuesto gracias a la orientación desinteresada de los cientos de catálogos que han llegado a nuestras casas acompañando a los periódicos o solos, enviados por nuestros amigos los dueños de los grandes comercios "especializados en hacer felices a los niños".
Ya casi de milagro caemos en la cuenta de cómo nace esta fiesta, qué es lo que celebramos y menos aún cuál es el mensaje.
Navidad es compartir, sí. Pero compartir lo más valioso y lo más importante. Compartir el amor, la amistad, la buena voluntad, compartir una sonrisa. No compremos regalos, regalémonos abrazos, besos, miradas de amor, buenos deseos. Hagamos esa llamada que hace mucho estamos postergando, perdonemos al que nos lastimó hace tanto tiempo, liberémoslo y liberémonos a nosotros mismos, pidamos perdón ahora porque para el perdón nunca es tarde, digamos Te quiero, por qué hay algo mejor que eso?
No importa si no tenemos pavo, lechón o besugo en nuestras mesas, lo importante es compartir no el qué sino el cómo.
Probemos algo diferente, en lugar de comprar regalos, tomemos algo nuestro, busquemos a alguien que lo necesite y entreguémoslo con amor. Enseñemos a nuestros hijos a escoger un juguete, un juguete que amen y entregarlo con amor a quien nunca ha tenido uno.
Por qué no inventamos así una nueva forma de vivir la Navidad, dando en lugar de recibiendo, dando a otros algo de lo que seguro nos sobra y a ellos les falta. Un juguete, un libro, una chaqueta que ya no queremos y que todavía sirve, una cena, un trozo de pan... seguro que todos podemos hacerlo. Y entonces la frase "Navidad es compartir" volverá a tener sentido, porque compartiremos una parte de nosotros, algo de lo que es verdaderamente nuestro, y no lo que compramos en una tienda y adornamos de enormes lazos rojos.
Y entonces no importará si somos cristianos, judíos, musulmanes o budistas, porque para compartir con otros parte de nosotros mismos no importan las religiones, sólo importa el amor.
FELIZ NAVIDAD


