Es
verdad que plantearse el “¿Por qué de las cosas?” es interesante, por lo menos
siempre lo ha sido para mí. Pero últimamente tengo más claro que antes que esa
pregunta, hay otra de lejos muchísimo más importante y que hasta ahora
había olvidado hacerme. Esa pregunta, o
mejor dicho, la respuesta a esa pregunta, es realmente lo único que merece la
pena y lo que entonces nos dará la respuesta a cualquier otra pregunta que nos
hagamos.
Esa
pregunta es ¿Por qué estoy aquí?. Posiblemente esa pregunta sea algo que oímos
de vez en cuando de boca de oradores o filósofos. Quizá nos hayamos tropezado
con ella en algún libro, o mejor aún tal vez en algún momento la hayamos oído
susurrada por nuestro propio corazón.
Pero
no es una pregunta fácil de responder. Más aún no es una pregunta fácil de
entender ni de aceptar.
Yo
he de confesar que incluso he llegado a negar su importancia, a reírme de ella.
En mi ignorancia, cuando alguien comentaba que “intentaba encontrarse”, “encontrar
el sentido de su vida” o “su por qué”; me decía para mis adentros: “pues yo
nunca me he perdido, así que no tengo nada qué buscar”. Como solía decir mi
madre, la ignorancia es atrevida.
Pero
es normal. Todo aquello que no conocemos nos asusta y esa pregunta nos
confronta con un abismo, nuestro propio abismo interior. Es más fácil mirar
hacia otro lado, porque nos gusta creer que aquello que no vemos no existe. Es
casi mejor pasar de largo, hacer como si ese susurro no fuera más que producto
de nuestra imaginación; ignorarlo y seguir con nuestras vidas.
Pero,
qué es eso realmente? “seguir con nuestras vidas”. Es realmente vivir lo que hacemos a diario? Vivir
de verdad? Mejor aún, qué significa VIVIR?
Me
hago estas preguntas últimamente con frecuencia, porque resulta que ahora, en
el Ecuador de mi vida, me he dado cuenta de que necesito “encontrarme”; de que
sí, es verdad que me he perdido en algún punto del camino. Quién me lo hubiera
dicho.
Crecí
como la mayoría de las personas de nuestra sociedad. Aprendiendo desde muy
pequeña que lo que realmente importaba era tener una buena educación que me
permitiera ganarme la vida honradamente. Esa idea, enseñada por otra parte con
el mayor de los amores y la mejor buena fe, fue grabada a fuego en mi
inconsciente. Lo más importante en este mundo cada vez más competitivo es tener
las herramientas necesarias para poder ganar la batalla o por lo menos para
sobrevivir… sobrevivir imagino, el tiempo que sea necesario hasta que llegue la
muerte, en la que por otro lado, es mejor no pensar.
Sé,
que en algún punto del camino, muy al principio, yo estaba destinada a ser
alguien único, diferente, pero llegó la educación. Esa educación que me guardó
en un aula de escuela junto a otras 50 individualidades únicas y se encargó de
convertirnos (o por lo menos lo intentó) en una sola, repetida 51 veces. El mismo
uniforme, el mismo peinado, las mismas ideas, la misma mente, la misma
obligación de memorizar nombres y hechos del pasado, pero sin pensar demasiado
sobre nada.
Y
fue entonces, en uno de esos días, cuando me perdí de mí misma. Acepté como
verdadero todo lo que me contaron. Acepté como mi misión conseguir un título
universitario como la forma de ganarme la vida y ganarme el respeto de cuantos
me rodeaban. Fue entonces cuando mi voluntad se doblegó a las masas. Y en algún
momento dejé de soñar.
Visto
desde fuera, o mejor dicho, visto con la lente de la sociedad, hice las cosas
muy bien. Buena estudiante en el colegio, aunque siempre compitiendo, siempre
con ese deseo inconsciente de ganar, producto de a saber qué miedo. Buena
estudiante universitaria, poseedora finalmente de un título de prestigio, de
status. Para luego descubrir que después de haber invertido 17 años en mi
educación, resulta que nada de eso me gustaba, nada de ese mundo me hacía verdadera
e interiormente feliz.
Tuve
un talento sí. Todos lo tenemos. Pero no sé cuál fue, lo perdí demasiado pronto
en mi infancia. Tuve un sueño, pero era demasiado utópico o por lo menos poco
práctico para “ganarse la vida” así que lo descarté y seguí al rebaño, como una
buena chica. Tuve una profesión, tuve varios trabajos, que aunque “no de lo mío”,
me permitieron ganarme la vida más que decentemente. Tuve un status, que más
podía pedir?
Pero
ahora tengo un libro en blanco, sin profesión (por decisión propia), sin
trabajo, y seguramente sin status, se abre ante mis ojos una oportunidad única
y maravillosa. La oportunidad de ser yo por primera vez en mi vida. Sin
embargo, no tengo la menor idea de quién soy yo, por qué estoy aquí, cuál es mi
misión.
Sé,
sin temor a equivocarme, que cada uno de nosotros llegamos a este mundo con
unos dones especiales y que como en la parábola, nuestra misión es hacerlos
crecer y dar frutos. Sin embargo, nuestra sociedad no sólo no nos ayuda a que
se desarrollen, sino que nos programa para enterrarlos. Y la mayoría de las
veces enterramos esos dones tan al fondo y por tanto tiempo que somos incapaces
de encontrar el lugar exacto dónde los dejamos y ni siquiera recordamos en qué
consistían.
Ese
es mi momento. Este es el Ecuador de mi vida. Un intento por encontrar el punto
en el camino dónde enterré mis dones, por desenterrarlos y hacerlos dar fruto,
para que cuando llegue el final, esa muerte de la que preferimos no hablar,
pero que deberíamos siempre tener presente, pueda sentir que mi vida no ha sido
un desperdicio. Porque estoy segura, en el fondo de mi corazón, que la vida no
puede ser sólo trabajar 8 horas (o más)
día tras día, año tras año, haciendo muchas veces algo que odiamos, o que en el
mejor de los casos sólo llena nuestros días y nuestros bolsillos pero que no
nos hace felices; esperando el bendito momento de la jubilación para entonces “vivir
por fin sin trabajar” y desconectarnos de la vida como si hubiéramos cumplido
realmente con algún deber sagrado.
Nuestro
verdadero Deber Sagrado, es saber quiénes somos, cuáles son nuestros dones, por
qué estamos aquí y desarrollar esos dones para que den fruto en nuestro
beneficio y en el de los demás, para ser verdaderamente felices, para que valga
la pena estar aquí.
Esa
es mi búsqueda.