martes, 8 de enero de 2013

La gran pregunta


Es verdad que plantearse el “¿Por qué de las cosas?” es interesante, por lo menos siempre lo ha sido para mí. Pero últimamente tengo más claro que antes que esa pregunta, hay otra de lejos muchísimo más importante y que hasta ahora había  olvidado hacerme. Esa pregunta, o mejor dicho, la respuesta a esa pregunta, es realmente lo único que merece la pena y lo que entonces nos dará la respuesta a cualquier otra pregunta que nos hagamos.

Esa pregunta es ¿Por qué estoy aquí?. Posiblemente esa pregunta sea algo que oímos de vez en cuando de boca de oradores o filósofos. Quizá nos hayamos tropezado con ella en algún libro, o mejor aún tal vez en algún momento la hayamos oído susurrada por nuestro propio corazón.

Pero no es una pregunta fácil de responder. Más aún no es una pregunta fácil de entender ni de aceptar.

Yo he de confesar que incluso he llegado a negar su importancia, a reírme de ella. En mi ignorancia, cuando alguien comentaba que “intentaba encontrarse”, “encontrar el sentido de su vida” o “su por qué”; me decía para mis adentros: “pues yo nunca me he perdido, así que no tengo nada qué buscar”. Como solía decir mi madre, la ignorancia es atrevida.

Pero es normal. Todo aquello que no conocemos nos asusta y esa pregunta nos confronta con un abismo, nuestro propio abismo interior. Es más fácil mirar hacia otro lado, porque nos gusta creer que aquello que no vemos no existe. Es casi mejor pasar de largo, hacer como si ese susurro no fuera más que producto de nuestra imaginación; ignorarlo y seguir con nuestras vidas.

Pero, qué es eso realmente? “seguir con nuestras vidas”.  Es realmente vivir lo que hacemos a diario? Vivir de verdad? Mejor aún, qué significa VIVIR?

Me hago estas preguntas últimamente con frecuencia, porque resulta que ahora, en el Ecuador de mi vida, me he dado cuenta de que necesito “encontrarme”; de que sí, es verdad que me he perdido en algún punto del camino. Quién me lo hubiera dicho.

Crecí como la mayoría de las personas de nuestra sociedad. Aprendiendo desde muy pequeña que lo que realmente importaba era tener una buena educación que me permitiera ganarme la vida honradamente. Esa idea, enseñada por otra parte con el mayor de los amores y la mejor buena fe, fue grabada a fuego en mi inconsciente. Lo más importante en este mundo cada vez más competitivo es tener las herramientas necesarias para poder ganar la batalla o por lo menos para sobrevivir… sobrevivir imagino, el tiempo que sea necesario hasta que llegue la muerte, en la que por otro lado, es mejor no pensar.

Sé, que en algún punto del camino, muy al principio, yo estaba destinada a ser alguien único, diferente, pero llegó la educación. Esa educación que me guardó en un aula de escuela junto a otras 50 individualidades únicas y se encargó de convertirnos (o por lo menos lo intentó) en una sola, repetida 51 veces. El mismo uniforme, el mismo peinado, las mismas ideas, la misma mente, la misma obligación de memorizar nombres y hechos del pasado, pero sin pensar demasiado sobre nada.

Y fue entonces, en uno de esos días, cuando me perdí de mí misma. Acepté como verdadero todo lo que me contaron. Acepté como mi misión conseguir un título universitario como la forma de ganarme la vida y ganarme el respeto de cuantos me rodeaban. Fue entonces cuando mi voluntad se doblegó a las masas. Y en algún momento dejé de soñar.

Visto desde fuera, o mejor dicho, visto con la lente de la sociedad, hice las cosas muy bien. Buena estudiante en el colegio, aunque siempre compitiendo, siempre con ese deseo inconsciente de ganar, producto de a saber qué miedo. Buena estudiante universitaria, poseedora finalmente de un título de prestigio, de status. Para luego descubrir que después de haber invertido 17 años en mi educación, resulta que nada de eso me gustaba, nada de ese mundo me hacía verdadera e interiormente feliz.

Tuve un talento sí. Todos lo tenemos. Pero no sé cuál fue, lo perdí demasiado pronto en mi infancia. Tuve un sueño, pero era demasiado utópico o por lo menos poco práctico para “ganarse la vida” así que lo descarté y seguí al rebaño, como una buena chica. Tuve una profesión, tuve varios trabajos, que aunque “no de lo mío”, me permitieron ganarme la vida más que decentemente. Tuve un status, que más podía pedir?

Pero ahora tengo un libro en blanco, sin profesión (por decisión propia), sin trabajo, y seguramente sin status, se abre ante mis ojos una oportunidad única y maravillosa. La oportunidad de ser yo por primera vez en mi vida. Sin embargo, no tengo la menor idea de quién soy yo, por qué estoy aquí, cuál es mi misión.

Sé, sin temor a equivocarme, que cada uno de nosotros llegamos a este mundo con unos dones especiales y que como en la parábola, nuestra misión es hacerlos crecer y dar frutos. Sin embargo, nuestra sociedad no sólo no nos ayuda a que se desarrollen, sino que nos programa para enterrarlos. Y la mayoría de las veces enterramos esos dones tan al fondo y por tanto tiempo que somos incapaces de encontrar el lugar exacto dónde los dejamos y ni siquiera recordamos en qué consistían.

Ese es mi momento. Este es el Ecuador de mi vida. Un intento por encontrar el punto en el camino dónde enterré mis dones, por desenterrarlos y hacerlos dar fruto, para que cuando llegue el final, esa muerte de la que preferimos no hablar, pero que deberíamos siempre tener presente, pueda sentir que mi vida no ha sido un desperdicio. Porque estoy segura, en el fondo de mi corazón, que la vida no puede ser sólo trabajar 8 horas (o  más) día tras día, año tras año, haciendo muchas veces algo que odiamos, o que en el mejor de los casos sólo llena nuestros días y nuestros bolsillos pero que no nos hace felices; esperando el bendito momento de la jubilación para entonces “vivir por fin sin trabajar” y desconectarnos de la vida como si hubiéramos cumplido realmente con algún deber sagrado.

Nuestro verdadero Deber Sagrado, es saber quiénes somos, cuáles son nuestros dones, por qué estamos aquí y desarrollar esos dones para que den fruto en nuestro beneficio y en el de los demás, para ser verdaderamente felices, para que valga la pena estar aquí.

Esa es mi búsqueda.